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Mi padre me asomó a la ventana, pocas horas después de nacer yo, para que ambos nos conociéramos. Y, años más tarde, me enseñó a zambullirme dentro de ti. A no tenerte miedo. A buscar en el color de tus aguas la temperatura de tu piel.
Luego fuiste testigo del amor que coronó mi vida. Y meciste mi cuerpo entre olas que parecían conocer mi destino.
¡Cuántas veces he vuelto a ti para consolar mis penas y celebrar mis alegrías!
Ojalá mi muerte pueda abrazarte para estar juntos toda la eternidad.
Mercedes Suárez Saldaña
Compréndanlo,
eran cosas nuestras. Podía haber metido junto a mi cuerpo inerte las cientos de
cartas que nos escribimos. O los recibos de las facturas que me ayudó a pagar.
Incluso la lista de chistes que nos acompañó dentro y fuera del escenario
durante tantos años. Y aquellos momentos de intimidad que nadie podrá conocer
jamás.
- Sr. Driftwood, hace
tres meses me prometió presentarme en sociedad. En todo este tiempo no ha hecho
más que cobrar un generoso salario.
- ¿Le parece poca cosa?
¿Cuántos hombres cree usted que cobran un generoso salario? Puede contarlos con
los dedos de una mano, mi buena mujer.
- ¡Yo no soy su buena
mujer!
- No diga eso Mrs.
Claypool A mí no me importa su pasado.
Para mí siempre será mi buena mujer, porque la amo. Ya ve, no quería decírselo,
pero me lo ha sacado. La amo.
- Es difícil de creer
cuando le encuentro cenando con otra mujer.
- ¿Esa mujer? ¿Sabe por
qué me senté con ella? Porque me recordaba a usted.
- ¿De veras?
- Por supuesto. Por eso
estoy aquí con usted, porque usted me recuerda a usted. Sus ojos, su cuello,
sus labios… Toda usted me recuerda a usted, excepto usted. ¿Cómo se explica
eso? Si es capaz de entenderlo, es buena.
Y
cuando las luces se apagaban, cuando nos quitábamos el maquillaje y aparcábamos el guión hasta el día siguiente,
Julius y yo aún buscábamos tiempo para debatir sobre cultura y filosofía, sobre
lo divino y lo humano. Él era desgraciado en su casa y le costaba volver; yo me
sentía demasiado sola en la mía.
El
quinto hermano Marx, solía decir a todos señalándome.
A
nadie le extrañó que se hiciera cargo de los gastos del entierro. Tampoco que,
cuando recibió el Oscar honorifico a su carrera, mencionara mi nombre y dejara
atrás el de alguno de sus hermanos de sangre. Me echaba de menos.
Doce
años después tuvo su propio funeral y yo lo esperaba para continuar con la
comedia.
- No es que me importe,
pero, ¿dónde está tu marido?
- ¡Ha muerto!
- Seguro que solo es una
excusa.
- Estuve con él hasta el
final.
- No me extraña que
falleciera.
- Lo estreché entre mis
brazos y lo besé.
- Entonces, fue un
asesinato. ¿Te casarías conmigo? ¿Te dejó mucho dinero? Responde primero a lo
segundo.
- ¡Me dejó toda su
fortuna!
- ¿No comprendes lo que
intento decirte? Te amo.
Siempre
me consideró su amuleto de la suerte.
Mercedes Suárez Saldaña
Desde
que llegué, suelo sentarme a escribir o leer en el suelo de la azotea, los pies
apoyados en la balaustrada mientras Linda y Susi se disputan mi mano libre para
que las acaricie. Son madre e hija, de raza indefinida, color canela y orejas
puntiagudas. Mi tía las mima demasiado, está claro que se sienten dueñas de la
casa. Pero no puedo evitar dejarme llevar por sus exigencias porque en el fondo
las encuentro adorables. Cuando las saco a pasear son ellas las que van
arrastrándome a través de las calles, lo que provoca sonrisas en los turistas
que comienzan a invadir el pueblo.
Bajo
todos los días. Sola, con un cubo para recoger conchas, y una navaja que me
sirve para despegar lapas de las rocas del espigón. Voy pensando en las
historias que escribiré. Me inspiran esas personas de acentos extraños que no
se parecen a nadie que yo conozca. Hasta huelen diferente. Mi tía dice que es
la crema que usan para tomar el sol. Lo sabe porque a veces aparece con tesoros
que ellos dejan olvidados en las habitaciones. Un pareo, unas gafas, una
camiseta con dibujos exóticos y, un día, hasta un libro.
- Te lo he traído porque te gusta leer tanto, dice señalando las ocho novelas de Agatha
Christie que guardé junto a la ropa que mi madre metió cuidadosamente en mi
maleta.
The Catcher in the Rye. J.D. Salinger.
Así reza la portada del libro. Mi tía promete regalarme un diccionario de
inglés para que pueda leerlo, pero se le olvida y no quiero insistirle porque
ya me ha comprado unas gafas para bucear. Desde que las tengo, mi provisión de
conchas se ha hecho mucho más extensa. Ahora me cuesta trabajo cargar con el
cubo a casa, de lo mucho que pesa, y casi no queda sitio en ningún rincón de la
terraza para ellas.
- Será mejor que des la colección por
finalizada, me aconseja Juana, la mejor amiga de mi tía.
Juana
es vivaracha y divertida. Vive con su madre enferma en un pequeño piso en el
centro, adonde algunas veces vamos a verla. Lo malo es que si está oyendo Lucecita no hay quien le hable. Está tan
obsesionada con la radionovela que incluso puede pasar horas comentando el
episodio del día. Me hace tanta gracia verla narrar, de forma apasionada, las
desventuras y romances de la protagonista, que decido escribir una historia
para ella. Creo que no debe resultar difícil; enseguida anoto en una libreta
los requisitos indispensables para tener éxito. Una chica dulce y pobre y un joven
adinerado pero infeliz. Una mujer muy mala, un tipo celoso y un perro, un canario
o un gato. Les pongo nombre a todos y me pongo manos a la obra. No dejo que
Juana lo lea, pero voy revelando algunos detalles para que se entusiasme.
- Esta niña va a ser mejor que Delia Fiallo, ya verás, aprueba,
dándome ánimos.
Por
las tardes, solemos ir las tres al bar La
Faraona, del que son dueños Pepe y Mario. Siento curiosidad por saber si
ambos son hermanos o primos, pero dicen que sólo son amigos. Viven arriba del
local y entre sus clientes hay algunos turistas, incluido Míster Robert, que
lleva varios años viviendo en la costa porque le gusta pintar escenas del mar.
También dibuja retratos y los vende, pero se ofrece a hacerme uno gratis a
pesar de que me da vergüenza. De todas maneras, él tiene mucho trabajo y la
cosa queda pospuesta. Lo que si le enseño es el libro en inglés.
- Novela no para niña, dice en su español particular
y mi tía se queda mirando el libro con aprensión.
Es
por eso que lo escondo bajo una montaña de conchas en la terraza. Porque ahora,
más que nunca, tendré que leerlo y saber que contienen aquellas páginas que tal
vez puedan desvelarme infinidad de cosas importantes.
Algunas
noches, para divertir a la clientela, Pepe se coloca un traje de flamenca, se
maquilla como una mujer y canta canciones de Lola Flores. Los aplausos lo van animando más y más hasta incitarlo
también a bailar. Mario sonríe mientras atiende las mesas y cuando ve como el
sudor de su amigo hace que el rímel le resbale por las mejillas, lo limpia cariñosamente
con una servilleta. Pepe continúa cantando con arrobo y pasión.
Es él quien me colorea las uñas de los pies y pinta una raya negra en mis ojos. Sube mi camiseta para que enseñe la barriga y me revuelve el pelo con manos artísticas. Mi tía finge enfadarse – si mi hermana la viera - pero Pepe no se deja amilanar. ¿No ves que la niña está guapísima así?
Míster
Robert dice que parezco una reina mora y Juana se ríe con ganas. Me escapo –
así, de esa guisa - a dar una vuelta con Linda y Susi y las llevo hasta la
playa, donde los pescadores empujan sus barcas en un mar negro sin luna. Termino
por sentarme en la arena para ver cómo las perras corretean por la orilla,
incansables y juguetonas.
Mientras la brisa salada acaba por despeinarme del todo, pienso que ojalá siempre fuera ese mismo verano. Y sé que sólo puedo conseguirlo escribiendo sobre él.
MERCEDES
SUÁREZ SALDAÑA