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Mi padre me asomó a la ventana, pocas horas después de nacer yo, para que ambos nos conociéramos. Y, años más tarde, me enseñó a zambullirme dentro de ti. A no tenerte miedo. A buscar en el color de tus aguas la temperatura de tu piel.
Luego fuiste testigo del amor que coronó mi vida. Y meciste mi cuerpo entre olas que parecían conocer mi destino.
¡Cuántas veces he vuelto a ti para consolar mis penas y celebrar mis alegrías!
Ojalá mi muerte pueda abrazarte para estar juntos toda la eternidad.
Mercedes Suárez Saldaña